miércoles, 7 de marzo de 2012



Por las semanas durante las que el tedio nos consume,

Por el deslizar de las horas sobre tareas sin emoción alguna,

Por la falta de convicción en el quehacer diario,

Por los días y las noches de esta aldea en la que se ha perdido la esperanza del cambio,

Por los recuerdos de seres queridos que yacen bajo los pies, recuerdos que se agitan en el mar de todos los recuerdos y que luchan por no naufragar en el olvido.

Por un padre a quien junto a madre ya se ha perdido el afán de agradarles,

Por la aceptación, para que al menos estas líneas no sean otro ladrillo,

Por la intranquilidad de los sueños sea en el exceso o en la carencia,

Por esa manera de discurrir por la vida como si nada doliera, siendo el dolor tan excesivo que se anula a sí mismo y deja tras sí la sensación del vacío, del hastío, del tedio y las semanas que se consume al deslizarse por las horas sin emociones y sin riesgo de cambio alguno;



Pescando recuerdos en el mar de los recuerdos en búsqueda de imágenes de tiempos pasados algo más livianos, para evocarlos en los sueños y lograr el anhelado descanso.

…Y acabar con el tedio en la semana, la pesadez de los recuerdos día tras día…

martes, 6 de marzo de 2012



Y Siguen Cayendo Faraones



Una mañana, luego de un sueño intranquilo, algún faraón de la calle no tuvo que preocuparse más por despertar, nuevamente, a su vida de insecto. Al costado de una pirámide construida para espantarlo dejó de latir en su corazón la pesadilla cosmopolita de una ciudad que exhibe con orgullo su medalla de plomo.
 Los ángeles de la muerte que patrullan la cotidianidad urbana de las horas, se encargan ya de la ´limpieza social´ de conciencias. Estos lozanos y paranoicos citadinos seguirán tomándose un tintico para hacer amigos, servido en su tacita de plata. Su lustrada tacita de plata. De plata y plomo que es de donde suele beberse el cáliz de la hipocresía y el banal empuje. Pero en las rocas. En las rocas y en las roscas. Sin dar las gracias, sin dar en qué pensar.  Y no hay quien afirme o contradiga usando al menos el monosílabo; hay  ejércitos de hombros encogidos y caras de ´eso no es conmigo´ gastando las suelas de sus zapatos caminando por  La Oriental; pregoneros del presente como algo carente de emoción para lo que hay que enajenarse huyendo a mundos más cómodos a través del licor, el fútbol o la televisión; ninguno habla de reinventar el mundo. La moda es soportarlo, pero vistiendo un lindo suéter.

Llega la hora del embarque y los ejércitos de hombros se apiñan en burbujas de seis llantas que no creen en la gravedad y se elevan cuesta arriba, rumbo a la periferia de la tacita de plata. Mientras las horas de minutos a doscientos se extinguen con el ocaso y  los faraones sin pirámide retoman el poder del desierto, de la calle, de la selva de cemento. En adelante,  las sombras escondidas durante el día, al reverso de  paraderos, sillas, venteros y basureros, ofrecen su coreografía a los ojos entre hombros que contemplan por las ventanillas de las burbujas de seis llantas. Las luces y  el humo componen el ritmo cambiante y resonante sobre las puntas de las pirámides, vibran a lo largo y ancho de La Oriental al compás que les marca el efecto inercial de la insistencia humana.