Y Siguen Cayendo Faraones
Una mañana, luego de un sueño intranquilo, algún faraón de la calle no tuvo que preocuparse más por despertar, nuevamente, a su vida de insecto. Al costado de una pirámide construida para espantarlo dejó de latir en su corazón la pesadilla cosmopolita de una ciudad que exhibe con orgullo su medalla de plomo.
Los ángeles de la muerte que patrullan la cotidianidad urbana de las horas, se encargan ya de la ´limpieza social´ de conciencias. Estos lozanos y paranoicos citadinos seguirán tomándose un tintico para hacer amigos, servido en su tacita de plata. Su lustrada tacita de plata. De plata y plomo que es de donde suele beberse el cáliz de la hipocresía y el banal empuje. Pero en las rocas. En las rocas y en las roscas. Sin dar las gracias, sin dar en qué pensar. Y no hay quien afirme o contradiga usando al menos el monosílabo; hay ejércitos de hombros encogidos y caras de ´eso no es conmigo´ gastando las suelas de sus zapatos caminando por La Oriental; pregoneros del presente como algo carente de emoción para lo que hay que enajenarse huyendo a mundos más cómodos a través del licor, el fútbol o la televisión; ninguno habla de reinventar el mundo. La moda es soportarlo, pero vistiendo un lindo suéter.
Llega la hora del embarque y los ejércitos de hombros se apiñan en burbujas de seis llantas que no creen en la gravedad y se elevan cuesta arriba, rumbo a la periferia de la tacita de plata. Mientras las horas de minutos a doscientos se extinguen con el ocaso y los faraones sin pirámide retoman el poder del desierto, de la calle, de la selva de cemento. En adelante, las sombras escondidas durante el día, al reverso de paraderos, sillas, venteros y basureros, ofrecen su coreografía a los ojos entre hombros que contemplan por las ventanillas de las burbujas de seis llantas. Las luces y el humo componen el ritmo cambiante y resonante sobre las puntas de las pirámides, vibran a lo largo y ancho de La Oriental al compás que les marca el efecto inercial de la insistencia humana.
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